
Por: Magerlyn Quintanilla Argandoña – Periodista y Comunicadora
Han transcurrido 21 días de asfixia en La Paz y El Alto. Tres semanas donde el tiempo no se mide en horas, sino en kilómetros de fila por combustible y en la preocupación de ver los mercados vacíos. Tras casi un mes de silencio, el presidente Rodrigo Paz finalmente apareció ante las cámaras. Para quienes analizamos la comunicación, el saldo de su presencia televisiva fue un error táctico y es una confirmación de la fractura definitiva de sus asesores (si es que los tiene) con lo que sucede en las calles.
La conferencia de prensa de Rodrigo Paz no fue un ejercicio de liderazgo; fue una muestra de desconexión con la población.

La burbuja institucional frente al colapso cotidiano
El presidente apostó por una narrativa de «calma y gobernabilidad», invocando la defensa de la democracia y la paz social. Pero en comunicación, el contexto lo es todo. Hablar de estabilidad institucional mientras la ciudadanía vive una sensación de incertidumbre diario no es solo un error técnico, es una falta de lectura política comunicacional elemental.
Cuando el ciudadano promedio lucha por conseguir carne o combustible, un discurso excesivamente técnico suena, en el mejor de los casos, a frialdad; en el peor escenario, a un insulto a la gente. El gobierno habla de «responsabilidad democrática», mientras la calle grita orden. La fractura es clara: el poder intenta ordenar conceptos, mientras la población intenta sobrevivir a los bloqueos.
Un mensaje que llega tarde y sin brújula
Lo que hace que esta conferencia sea especialmente crítica es su absoluta falta de contenido ante la emergencia. Después de 21 días de bloqueos, el país no necesitaba una clase de teoría política y retórica, sino respuestas.
El presidente, en un acto que roza la evasión, no mencionó medidas contundentes para frenar la crisis. ¿La solución propuesta? el reordenamiento de gabinete, la creación de un «consejo económico y social» y la solicitud de un corredor humanitario. En términos comunicacionales esto es insuficiente. Un gabinete nuevo es una noticia para la clase política, no para la madre de familia que no tiene qué cocinar. Un «consejo» es un espacio de debate, no una solución a los precios inalcanzables.
Más grave aún es la omisión deliberada de acciones concretas para levantar los bloqueos. Al declarar que «Bolivia no requiere una ley antibloqueos», el presidente no solo se muestra reactivo, sino que delega su autoridad. La población, en momentos de desesperación, busca dirección y firmeza; lo que recibió fue una invitación a seguir esperando en la incertidumbre.
La ausencia de empatía: Una falla de origen
La gran ausente de la conferencia fue la autocrítica. En la gestión de crisis, la empatía es el puente que mantiene la legitimidad. El ciudadano no esperaba que el presidente resuelva todos los eslabones de la cadena de problemáticas que tiene Bolivia en diez minutos, pero sí esperaba, al menos, el reconocimiento del sufrimiento compartido.
Al enfocarse exclusivamente en la advertencia sobre la desestabilización política y la confrontación, el mensaje se siente defensivo. Es un discurso diseñado para hablarle
a los actores políticos y a los medios, pero que ignora olímpicamente a la señora en la fila del pollo, al chofer que no tiene combustible para trabajar y al comerciante que no tiene cómo abastecerse para vender. ¿Será la marca de un gobierno que al parecer ha dejado de mirar hacia afuera del palacio de gobierno para mirarse únicamente al espejo y dentro de las cuatro paredes de sus oficinas?
La lección ignorada: El sector campesino no es una cifra
El gobierno parece subestimar lo que sector campesino representa hoy: es un termómetro emocional. La insistencia en llamados al «orden» sin conectar con el enojo popular termina siendo interpretado como una postura distante.
¿Por qué decimos que es un «termómetro»? Porque el campesino del occidente es, históricamente, una base de apoyo (o el mayor desafío) para todo gobierno.
Para el sector campesino altiplánico, la democracia no es un concepto o un procedimiento parlamentario; es un contrato social que se basa en el bienestar material de su gente y la soberanía de sus tierras. Si no hay comida, si el transporte es imposible y si el combustible no llega a sus comunidades, el contrato se rompe. El campesino del occidente tiene una memoria de lucha muy profunda: sabe que cuando los canales institucionales fallan o son lentos, su única y mejor herramienta es la presión social.
La reacción al lenguaje: Cuando el presidente insiste en «mantener la paz» mientras el campesino del oriente y los valles viven la crisis porque no pueden sacar sus productos y los tienen que perder, el discurso se interpreta como una invitación a la resignación. En cambio, el campesino del occidente tiene una identidad cultural que valora la dignidad; pedirle «orden» en medio del abandono es visto como un acto de prepotencia, lo que enciende el termómetro y convierte la protesta en una ruptura de confianza difícil de reparar.
Los comunicadores sociales políticos y los periodistas entienden que, en momentos de crisis, el discurso debe ser humano antes que político. Si el relato no reconoce el colapso, la población no se siente representada por él. Lo que vimos ayer fue un presidente hablándole al sistema, cuando el país entero le pedía que le hablara a sus preocupaciones.
Conclusión: El riesgo del aislamiento
La conferencia de Rodrigo Paz evidenció que el poder, al intentar preservar su gobernabilidad, ha perdido su legitimidad comunicacional representativa de un país. Cuando la crisis que enfrenta Bolivia ha superado lo político, para ser de carácter de vida o muerte de una población que no puede acceder a comida, combustible ni medicamentos.
Resulta incomprensible que, contando con un equipo de comunicación y una Dirección General de Comunicación Estratégica del Estado —estructuras que se sostienen con recursos públicos considerables—, la conferencia haya carecido de una preparación básica. Un mensaje dirigido al pueblo requiere precisión, no anécdotas personales o referencias abstractas al «gran poder». Resulta imperdonable que se haya optado por divagar sobre la coyuntura, evitando abordar con seriedad el dolor humano de las muertes generadas por el conflicto, mientras se daba la impresión de una improvisación absoluta, limitándose a ideas generales, carentes de estructura.
La evasión a las preguntas directas de la prensa sobre acciones concretas termina por confirmar una de dos realidades igualmente alarmantes: o los equipos de comunicación están totalmente perdidos en la gestión de crisis, o existe un bloqueo jerárquico donde no se les permite realizar el trabajo técnico para el que fueron contratados.
Cuando la gente siente hambre, miedo e incertidumbre, la comunicación deja de ser un intercambio de palabras para convertirse en una prueba de humanidad política que, en esta ocasión, el gobierno reprobó.
¿Considera usted que esta desconexión comunicacional responde a una falta de estrategia técnica o a una incapacidad política profunda por parte del Ejecutivo para reconocer la magnitud de la crisis?

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