
Por: Magerlyn Quintanilla Argandoña – Periodista y Comunicadora
Antes de sumergirnos en el artículo, conviene recordar algo que solemos olvidar con demasiada facilidad: las guerras más intensas no siempre se libran con armas. Algunas se juegan con una pelota de fútbol, otras con una bandera y muchas, sin que nos demos cuenta, ocurren dentro de nosotros.

Hay partidos que duran noventa minutos y hay otros que comenzaron hace más de quinientos años y todavía continuan jugándose en silencio dentro de nosotros.
La reciente final del Mundial entre España y Argentina parecía, en apariencia, otro capítulo del deporte que más gente mueve: una pelota, dos arcos, millones de espectadores y un marcador que terminó favoreciendo a España. Sin embargo, bastó con abrir las redes sociales para descubrir que, en realidad, el balón era apenas el actor secundario de una obra mucho más antigua.
Porque lo que se disputó no fue solamente una copa.
También se enfrentaron recuerdos, identidades, heridas históricas y lealtades invisibles y ahí es donde las Constelaciones Familiares, desarrolladas por Bert Hellinger, ofrecen una mirada tan incómoda como fascinante.
Desde este enfoque, el lugar donde nacemos no es un simple dato estampado en una cédula de identidad. Es mucho más parecido a la raíz de un árbol. Nadie presume de sus raíces porque no se ven; sin embargo, de ellas depende que el árbol permanezca firme cuando llegan las tormentas.
Nuestra ciudad, nuestro país y nuestro continente forman parte de un sistema vivo que nos sostiene incluso cuando creemos haberlo olvidado. En términos sistémicos, pertenecemos a una historia mucho más grande que nuestra propia biografía. La tierra que nos recibió al nacer no solo nos regaló un paisaje o un acento; también nos entregó una memoria colectiva construida por quienes caminaron antes que nosotros.
Y cuando esa memoria no encuentra palabras para expresarse… suele buscar escenarios inesperados. A veces el escenario es una reunión familiar. Otras veces es una discusión política y de vez en cuando, es una final del Mundial.
Muchos bolivianos alentaron a Argentina con una pasión que iba mucho más allá del fútbol. Al mismo tiempo, quienes decidieron apoyar a España fueron cuestionados, criticados e incluso catalogados como «desleales». Resulta curioso que un deporte capaz de unir a desconocidos también pueda dividir a compatriotas.
¿De verdad alguien estaba traicionando a su país por elegir una camiseta distinta?¿O quizá estábamos presenciando algo mucho más profundo?, Desde la mirada de las Constelaciones Familiares, América Latina funciona como una enorme familia. Una familia donde los países vecinos, aunque discutan durante el año, suelen abrazarse cuando aparece un «tercero» considerado externo. Es la misma lógica que ocurre entre hermanos: pueden pasar semanas peleando por cualquier cosa, pero basta que alguien de afuera critique a uno para que el resto aparezca inmediatamente en su defensa.
Así funciona el Orden de la Pertenencia.
No siempre es racional, muchas veces es instintivo.
Por eso, apoyar a Argentina frente a España puede convertirse, para el inconsciente colectivo, en una especie de acto de fidelidad hacia la gran familia latinoamericana. No necesariamente porque Argentina sea Argentina, sino porque representa simbólicamente al «hermano de este lado del océano».
El fútbol, entonces, deja de ser un deporte para transformarse en una pantalla de cine donde cada espectador proyecta una película distinta.
Mientras creemos solo observan pases, goles y estrategias, en realidad —sin darnos cuenta— estamos viendo la conquista, la colonia, las heridas de sus antepasados y una historia que nunca terminó de procesarse emocionalmente.
Es como si una pelota hubiera tenido la mala suerte de caer exactamente sobre una cicatriz y cuando una cicatriz duele, pocas personas recuerdan que el problema no empezó con el último roce.
Desde esta perspectiva, apoyar a Argentina puede convertirse inconscientemente en una forma de alinearse con quien representa a la «tierra conquistada», mientras que España ocupa el lugar simbólico de la antigua potencia colonizadora. No hablamos de un razonamiento consciente, sino de una identificación emocional con la memoria de la propia tierra, una especie de lealtad silenciosa hacia quienes fueron percibidos históricamente como las víctimas.
Y ahí aparece una de las ideas más interesantes de las Constelaciones Familiares: las lealtades invisibles.
Muchas veces creemos que elegimos libremente, cuando en realidad respondemos a movimientos mucho más antiguos que nosotros. No porque alguien nos obligue, sino porque el sistema al que pertenecemos busca mantenerse unido y en equilibrio.
Por esa misma razón, quien decide apoyar a España puede despertar una reacción desproporcionada. No porque haya cometido una falta deportiva, sino porque el grupo siente —equivocadamente— que uno de los suyos está abandonando la tribu.
El señalamiento de «desleal» deja de ser una simple opinión futbolera y se convierte en un mecanismo inconsciente para proteger la cohesión del grupo. El miedo no es que alguien prefiera otro estilo de juego; el miedo es que la pertenencia se fracture.
Cuando una herida colectiva sigue abierta, cualquier gesto puede interpretarse como una traición y esa es, precisamente, la trampa porque el juicio impide ver al individuo.
Quien critica a otro boliviano por admirar el fútbol español, por valorar su cultura actual o por tener un vínculo personal con ese país ya no está mirando a la persona que tiene delante. Está reaccionando frente a una imagen heredada del pasado. En ese momento, la España del siglo XXI desaparece y es reemplazada, simbólicamente, por la España del siglo XVI.
El presente pierde nitidez.
El pasado toma el control. Sin embargo, hubo quienes apoyaron a España sin sentir culpa, sin necesidad de provocar a nadie y sin dejar de sentirse profundamente bolivianos. Desde la mirada sistémica, esa postura también tiene algo importante que decir.
No necesariamente refleja una falta de pertenencia puede reflejar integración.
Es la capacidad de mirar el deporte desde el presente y reconocer que una selección de fútbol no carga con las responsabilidades de sus antepasados. Es comprender que admirar el estilo de juego de un equipo o sentir afinidad por una cultura no significa negar la historia ni traicionar las propias raíces.
Esa libertad suele requerir algo que las Constelaciones Familiares consideran fundamental: estar bien enraizado, porque solo quien tiene raíces profundas puede sostener una opinión distinta sin sentir que pone en riesgo su lugar dentro del grupo, su pertenencia.
No necesita convencer, no necesita atacar y tampoco necesita pedir permiso para pensar diferente. Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja una simple final del Mundial.
El fútbol no creó el conflicto.
Solo iluminó el lugar donde todavía existía. Como un reflector que, por unos instantes, mostró las grietas que normalmente permanecen ocultas bajo el cemento de la vida cotidiana.
Tal vez la verdadera pregunta nunca fue por qué unos alentaron a Argentina y otros a España.
La pregunta realmente interesante es otra:
¿Qué historia estaba jugando dentro de cada uno de nosotros mientras el balón rodaba por la cancha?
Porque, al final, las Constelaciones Familiares nos recuerdan algo profundamente humano: muchas veces creemos estar reaccionando al presente, cuando en realidad estamos conversando con nuestro pasado.
Y sanar como sociedad quizá no consista en elegir una camiseta distinta. Consista, más bien, en aprender a mirar a España y a Argentina con el mismo respeto, comprendiendo que el fútbol pertenece al presente y que las deudas de la historia no se cobran a través de una pelota.
Antes de continuar el viaje, vale la pena hacer una pausa. No para detenernos, sino para mirar el mapa desde otra altura. Porque si en la primera parte descubrimos que un partido de fútbol podía convertirse en una máquina del tiempo emocional, ahora la pregunta cambia de escenario y se vuelve mucho más íntima.
No se trata de qué selección apoyamos. Se trata de una pregunta infinitamente más incómoda:
¿Qué tan reconciliados estamos con el lugar del que venimos?
Porque, aunque a veces soñemos con borrar capítulos enteros de nuestra historia, la identidad no funciona como una computadora donde basta presionar la tecla «Eliminar». Se parece mucho más a un árbol: puedes ignorar sus raíces, cubrirlas con cemento o incluso avergonzarte de ellas, pero seguirán allí sosteniendo —o debilitando— todo lo que crece por encima.
Desde la mirada de las Constelaciones Familiares, el lugar donde nacemos no es un accidente geográfico ni una simple coordenada en el mapa. Es una extensión de nuestros propios padres. Así como recibimos la vida a través de ellos, también la recibimos envuelta en una tierra, una cultura, una lengua y una historia que ya estaban allí mucho antes de que pronunciáramos nuestra primera palabra.
Nadie escoge dónde nace, pero todos elegimos, consciente o inconscientemente, cómo nos relacionamos con ese origen y ahí comienza una de las conversaciones más profundas que propone el enfoque de Bert.
Reconocer el lugar de origen significa decirle «sí» a la realidad. No un «sí» ingenuo ni conformista, sino un «sí» maduro. Un reconocimiento de que esa tierra tuvo luces y sombras, victorias y derrotas, grandezas y cicatrices. Que hubo belleza y también dolor. Que hubo encuentros, pero también desencuentros.
Porque la realidad no necesita nuestra aprobación para haber ocurrido, solo necesita ser reconocida.
En Constelaciones Familiares existe un principio tan simple como poderoso: todo aquello que pertenece y es excluido termina buscando la manera de regresar. Es como intentar sacar una pieza de un rompecabezas y esperar que la imagen siga completa. Desde lejos quizá parezca que todo está en orden, pero basta acercarse para descubrir el vacío.
Negar el lugar donde nacimos, avergonzarnos de él o despreciarlo es, desde esta perspectiva, una forma de excluir una parte esencial de nuestra identidad.
Los sistemas, igual que la naturaleza, detestan los vacíos.
Por eso, cuando alguien abraza internamente (en el alma) el suelo que lo vio nacer —sin importar si continúa viviendo allí o si hoy está al otro lado del planeta— suele ocurrir algo casi poético.
Es como si las raíces dejaran de gastar energía intentando convencer al árbol de que existen y comenzaran, por fin, a alimentarlo. Entonces aparece esa sensación difícil de explicar, pero fácil de reconocer, la persona siente que tiene piso (raices) simplemente sabe dónde está parada.
Y cuando alguien tiene raíces profundas, el viento deja de ser un enemigo para convertirse en un entrenamiento, también llega una paz silenciosa.
La identidad deja de ser una carga para convertirse en equipaje.
Un equipaje que pesa, sí, pero que también contiene los mapas necesarios para seguir caminando. Quizá por eso muchas personas que emigran y honran el país que dejaron atrás logran adaptarse con mayor facilidad al nuevo lugar. No llegan mendigando una identidad nueva, sino ofreciendo la que ya poseen. Como quien lleva un pequeño cofre lleno del oro invisible de su tierra y quien sabe de dónde viene suele caminar con menos miedo hacia donde va.
Pero la historia cambia cuando ocurre lo contrario, ¿Qué pasa cuando alguien siente vergüenza de haber nacido donde nació?, ¿Qué sucede cuando oculta su procedencia, critica permanentemente su país o intenta comportarse como si hubiera aparecido por generación espontánea?
Las constelaciones responde con una metáfora contundente: es como pedirle a un árbol que florezca después de cortar deliberadamente sus propias raíces.
Otros esconden de dónde vienen para sentirse aceptados, cambian el acento, ocultan costumbres, evitan mencionar su ciudad o su país y, aunque logran integrarse por fuera, por dentro aparece una sensación persistente de estar interpretando un personaje.
También existe otra trampa mucho más sutil.
La del juicio permanente.
Hay personas que hablan de su tierra como si estuvieran presentando una lista interminable de defectos. Critican su país con una intensidad que parece otorgarles superioridad moral. Sin embargo, desde la perspectiva sistémica, ese juicio no las libera. Las ata, porque aquello que combatimos obsesivamente suele convertirse en aquello de lo que nunca terminamos de desprendernos.
La crítica constante puede transformarse, paradójicamente, en la forma más silenciosa de permanecer atrapados y entonces la conversación inevitablemente aterriza en Bolivia.
Un país que no nació de una única historia, sino del encuentro —doloroso, complejo y profundamente humano— de varias. Bolivia es mestiza, biológicamente, culturalmente y espiritualmente. Pretender comprenderla eliminando una de esas partes sería como intentar explicar una melodía escuchando únicamente la mitad de las notas.
La mirada sistémica introduce una idea que suele incomodar: víctimas y perpetradores quedan unidos por un mismo destino histórico. No porque sus responsabilidades sean iguales, no porque el dolor desaparezca sino porque ambos pasan a formar parte de un mismo sistema.
La reconciliación, desde este enfoque, no consiste en borrar lo ocurrido ni justificar los abusos, consiste en dejar de pelear con el hecho de que ocurrió y quizá ahí aparece una de las metáforas más potentes de esta reflexión. Rechazar por completo la herencia española de Bolivia no fortalece la identidad indígena. Así como rechazar las raíces indígenas tampoco fortalece la herencia hispana. Es como intentar caminar cortándose una pierna para demostrar amor por la otra, el resultado nunca será más fuerza será menos equilibrio.
El juicio reemplaza a la comprensión y el pasado termina gobernando al presente. En cambio, quien logra decir: «Esto ocurrió. Tuvo consecuencias dolorosas. No lo justifico. Pero también reconozco que de esa historia provengo yo y proviene el país que hoy habito», deja de vivir como rehén de la memoria.
Quizá esa sea una de las mayores lecciones que puede ofrecer la mirada sistémica: la verdadera fortaleza no nace de escoger qué parte de nuestra historia merece existir, nace cuando somos capaces de mirar el árbol completo con todas sus ramas, con todas sus raíces y sobre todo, con la humildad suficiente para comprender que ninguna de ellas llegó hasta nosotros por casualidad.
Cuando el pasado deja de dirigir el partido.
Hasta aquí hemos hablado de raíces, identidad y de esa extraña costumbre humana de cargar mochilas que empacaron nuestros antepasados. Pero todavía queda una pieza del rompecabezas. Quizá la más incómoda de todas.
Porque las historias nunca son completamente blancas ni completamente negras, son grises y los grises suelen ser difíciles de aceptar.
Existe una paradoja que la mirada sistémica plantea con enorme delicadeza: la relación de los bolivianos con España no termina en los libros de historia. También continúa en los aeropuertos, en las llamadas por videollamada de los domingos y en las remesas que, durante décadas, han sostenido a miles de familias.
Dos historias pueden ser ciertas al mismo tiempo y ahí es donde nuestra mente suele entrar en cortocircuito.
Desde el enfoque de las Constelaciones Familiares, España ha ocupado para muchas familias bolivianas un lugar simbólico muy particular: el de una «mamá sustituta». No porque reemplazara el amor por la tierra natal, sino porque ofreció alimento cuando la propia casa no podía hacerlo.
Es una imagen poderosa. Porque todos entendemos la diferencia entre quien nos da la vida y quien, en un momento difícil, también nos ayuda a sobrevivir.
La historia, entonces, deja de parecer una novela sencilla y se convierte en una conversación mucho más compleja porque una cosa es reconocer las heridas del pasado y otra muy distinta es negar el bien recibido en el presente.
Quizá por eso algunas reacciones frente al partido entre España y Argentina parecían tener un trasfondo mucho más profundo que una simple preferencia futbolística.
Desde la mirada sistémica, puede aparecer lo que algunos llaman la culpa del beneficio.
Es decir, una incomodidad silenciosa por haber prosperado —o por tener familiares que prosperaron— precisamente en el país que, desde la narrativa histórica, suele ocupar el lugar del antiguo conquistador.
Y cuando la culpa no encuentra palabras… Muchas veces encuentra banderas.
No sería extraño que, para algunas personas, apoyar apasionadamente a Argentina funcionara, de manera inconsciente, como una forma de reafirmar su pertenencia latinoamericana y aliviar esa tensión interior.
Nuestra mente consciente juega ajedrez. El inconsciente juega escondidas y casi siempre gana.
Muchas veces hablamos de la gran hermandad latinoamericana como si todos los vínculos fueran automáticamente simétricos. Sin embargo, la mirada sistémica invita a hacerse una pregunta incómoda:
¿Estamos actuando desde una hermandad adulta o desde la necesidad infantil de sentirnos aceptados por el grupo? Porque pertenecer no significa dejar de pensar ni mucho menos atacar a quien toma una decisión distinta. Cuando alguien necesita descalificar a otro boliviano únicamente porque apoyó a una selección diferente, quizá ya no está defendiendo una identidad. Está defendiendo una inseguridad. La lealtad deja entonces de ser una virtud y se convierte en una prisión.
La conciencia infantil necesita elegir bandos.
Necesita héroes perfectos y villanos absolutos. La conciencia adulta, en cambio, descubre algo mucho más desafiante, que es posible sentirse latinoamericano sin convertir a Europa en enemigo. Que es posible admirar el fútbol argentino sin despreciar el español y que también es posible valorar a España sin olvidar el dolor que dejó la conquista.
La madurez no elimina los matices los abraza.
Quizá la enseñanza más fascinante de las Constelaciones Familiares sea precisamente esa: casi nunca reaccionamos únicamente al presente. El presente suele ser apenas el escenario. La obra empezó mucho antes. Una final del Mundial dura noventa minutos. Una herida histórica puede atravesar siglos.
Por eso, cuando un boliviano insulta a otro por apoyar a España, probablemente no esté viendo únicamente a 11 futbolistas vestidos de rojo corriendo detrás de un balón. Es posible que, sin saberlo, esté mirando barcos llegar al continente, espadas, conquista, dolor, memorias heredadas. Todo condensado dentro de una camiseta.
La pelota simplemente tuvo la mala fortuna de rodar sobre una cicatriz que todavía no termina de cerrar. Madurar concientemente no significa olvidar la historia, mucho menos justificarla. Significa dejar de convertir cada acontecimiento del presente en un juicio permanente sobre el pasado.
Cuando un pueblo consigue mirar su historia sin negarla, sin idealizarla y sin utilizarla como arma contra los demás, ocurre algo extraordinario. Deja de vivir encadenado al ayer. Las Constelaciones Familiares no nos invitan a cambiar de camiseta. Nos invitan a cambiar de mirada.
A comprender que las raíces no están para mantenernos atrapados bajo la tierra, sino para darnos la fuerza suficiente para crecer.
Porque la paz sistémica comienza el día en que dejamos de usar el presente como un tribunal para juzgar el pasado y empezamos a convertirlo en un puente para comprenderlo.

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