
Por: Magerlyn Quintanilla Argandoña – Periodista y Comunicadora
Finalmente recogieron la basura.
Bueno… empezaron.

Después de quince días de bolsas acumuladas, malos olores, roedores, mercados convertidos en puntos críticos y una ciudad que por momentos parecía haber decidido redecorarse con residuos, la Alcaldía de La Paz, La Paz Limpia y Trébol llegaron a un acuerdo.
Hubo mediadores, hubo Iglesia, hubo autoridades, hubo derechos humanos y aparentemente, también hubo una revelación extraordinaria:
al final, todos podían sentarse en la misma mesa.
Qué pena que hayan tenido que pasar quince días de basura para descubrirlo.
El acuerdo alcanzado la noche del martes contempla un ajuste del contrato y un plan piloto para optimizar el servicio. La recolección comenzó a reactivarse este miércoles.
Pero quizá todavía no hemos entendido qué fue lo que realmente apestó durante estos quince días y no hablo solamente de la basura.
Porque encontrar al culpable nos encanta
Hay una costumbre profundamente humana —y profundamente paceña, quizá boliviana— de buscar rápidamente un culpable cuando algo sale mal.
Si la calle está llena de basura: La Paz Limpia. Si La Paz Limpia no recoge: La Alcaldía. Si la Alcaldía no paga: el Gobierno. Si el Gobierno no resuelve: la crisis económica. Si la crisis económica existe: el combustible. Si subió el combustible: alguien más. Y si todo falla… la culpa es del otro. Es maravilloso.
Porque mientras encontramos al responsable podemos evitarnos la parte verdaderamente incómoda: preguntarnos qué responsabilidad tenemos nosotros.
Durante quince días vimos fotografías de montañas de basura y automáticamente comenzamos a señalar. Y sí: hay responsabilidades que deben determinarse.
La empresa debe responder por la suspensión del servicio. La Alcaldía debe responder por la planificación, fiscalización y capacidad de contingencia. Las autoridades sanitarias deben responder por la vigilancia epidemiológica. Los ciudadanos debemos responder por cómo manejamos nuestros residuos durante una emergencia.
Pero una cosa es determinar responsabilidades y otra muy distinta es convertir la búsqueda de culpables en una forma de no asumir la propia parte.
La Paz Limpia tiene algo que explicar
Empecemos por la empresa. Si existe un contrato y los costos operativos aumentaron, es legítimo discutir un reajuste. Sin embargoe una empresa que presta un servicio esencial no puede comportarse como si estuviera vendiendo camisetas.
“Hoy no me conviene, así que hoy no trabajo”, no. La basura sigue produciéndose, la ciudad sigue funcionando, los hospitales siguen atendiendo, los mercados siguen vendiendo, los ciudadanos siguen comiendo y cada una de esas actividades genera residuos.
Por eso, la suspensión durante quince días no puede presentarse simplemente como un capítulo más de una negociación empresarial, el acuerdo finalmente alcanzado contempla un ajuste del 10% vinculado al Decreto Supremo 5660 y un plan piloto para optimizar el servicio. Aparece una pregunta inevitable:
si había una salida negociada, ¿por qué tuvimos que llegar hasta una ciudad cubierta de basura para encontrarla?
Pero la Alcaldía tampoco puede ponerse una aureola
Ahora miremos al otro lado. Durante días escuchamos a la Alcaldía explicar que la empresa incumplía y probablemente tenía argumentos. Pero gobernar una ciudad no consiste únicamente en decir: “Ellos tienen la culpa”. Gobernar también significa tener un plan B.
La Alcaldía terminó movilizando miles de funcionarios, alquilando volquetas y compactadores, activando el PEGA y desplegando la Operación Escoba. En una de esas jornadas reportó 174 toneladas retiradas con 379 trabajadores, 63 volquetas, una retroexcavadora y dos compactadores. Bien. Pero la pregunta sigue ahí:
¿por qué esa capacidad tuvo que construirse cuando la basura ya llevaba casi dos semanas acumulándose?
Si el servicio era esencial, ¿dónde estaba el protocolo de contingencia?, si existía, ¿por qué no se activó antes? y si no existía, ¿quién decidió que una ciudad de esta magnitud podía depender prácticamente de un solo esquema operativo?. No basta con recoger la basura después de que se acumula. También hay que preguntarse por qué permitimos que llegara a acumularse así.
Y aquí entramos nosotros
Ahora viene la parte que probablemente nadie quiere leer.
Nosotros también somos parte del sistema.
No somos los principales responsables de que un servicio esencial se suspenda durante quince días pero tampoco somos espectadores completamente inocentes, porque producimos basura, la compramos, la empaquetamos, la consumimos, la tiramos y después esperamos que alguien invisible se encargue de que desaparezca.
El ciudadano promedio tiene una relación bastante curiosa con sus residuos. Los coloca en una bolsa, cierra la bolsa la deja en la puerta y experimenta una maravillosa sensación de liberación. Ya no es mi basura.
Es como si al cruzar la puerta de la casa ocurriera una pequeña transmutación alquímica. Adentro: mi residuo afuera: problema municipal y quizá aquí haya una primera lección. La basura no desaparece cuando dejamos de verla. Simplemente cambia de lugar.
La basura desde una mirada muy diferente
Y aquí quiero hacer una lectura desde las constelaciones familiares, no como una explicación científica de la crisis ni como una forma de atribuir a la basura causas emocionales. Sino como una metáfora.
En constelaciones familiares existe una idea recurrente: cuando un sistema no reconoce lo que le corresponde, alguien termina cargando con aquello que otros no quieren asumir. Y quizá La Paz acaba de mostrarnos una versión bastante literal de esa dinámica.
La empresa dice: “El problema es la Alcaldía”. La Alcaldía dice: “El problema es la empresa”. El ciudadano dice: “El problema son ellos”. Y la basura responde: “Perfecto. Entonces me quedo aquí”. Porque alguien tenía que cargar con aquello que todos estaban intentando colocar sobre el otro y terminó cargándolo la ciudad.
La basura como el «miembro excluido»
Hay otro concepto interesante dentro de esta mirada sistémica: aquello que intentamos excluir de un sistema no necesariamente desaparece. Vuelve, insiste, se hace visible, ocupa espacio y finalmente, obliga al sistema a mirarlo.
Durante años hemos tratado la basura como algo que debe desaparecer de nuestra vista, pero estos quince días hicieron imposible esconderla. La basura volvió a aparecer en las esquinas y finalmente llegó incluso al lenguaje institucional de la “emergencia sanitaria y ambiental”.
Quizá la ciudad necesitaba verla para recordar que lo que no se gestiona correctamente no desaparece: se acumula.
Y eso también ocurre con las responsabilidades
Hay algo parecido con la culpa. Cuando una familia tiene un conflicto, muchas veces busca al culpable, cuando una empresa tiene una crisis, busca al responsable, cuando un gobierno tiene un problema, busca al anterior, cuando una sociedad tiene una crisis, busca un enemigo y mientras todos señalan… nadie mira el sistema.
Ese puede ser el verdadero aprendizaje de estos quince días. No necesitamos solamente saber quién tuvo la culpa de que no se recogiera la basura. Necesitamos saber:
¿qué estructura permitió que un desacuerdo pudiera paralizar un servicio esencial durante quince días?
Esa es una pregunta mucho más incómoda porque ya no permite señalar exclusivamente a una empresa, ni exclusivamente a un alcalde, obliga a revisar contratos, fiscalización, presupuesto, planificación, capacidad operativa, contingencias, responsabilidades y cultura ciudadana.
El acuerdo no debería ser el final
El acuerdo alcanzado esta semana es una buena noticia sin embargo sería un error convertirlo en el final feliz de la historia porque el acuerdo resuelve el conflicto inmediato. No necesariamente resuelve la vulnerabilidad del sistema.
La propia Alcaldía anunció que se aplicará el reajuste y que habrá un proyecto piloto de optimización del servicio. Perfecto. Entonces ahora debería comenzar la parte verdaderamente importante.
¿Qué hacemos después de recoger la última bolsa?
Primero: un protocolo de continuidad obligatoria. Nunca más una disputa económica debería permitir que un servicio esencial quede completamente paralizado.
Segundo: un verdadero plan de contingencia. No uno que aparezca después de doce días de crisis, uno que se active desde las primeras horas.
Tercero: transparencia contractual. Que la ciudadanía pueda conocer cuánto cuesta el servicio, cómo se calcula el reajuste, qué obligaciones tiene cada parte y cuáles son las sanciones por incumplimiento.
Cuarto: indicadores sanitarios públicos. Si ya se reportan más de 342 casos de infecciones gastrointestinales en el contexto de la crisis, como informó La Razón, corresponde que las autoridades sanitarias expliquen qué parte de esos casos puede atribuirse realmente a la acumulación de residuos y cómo evolucionan los datos.
Quinto: responsabilidad ciudadana. Separar residuos, reducir lo que generamos, no convertir la esquina en botadero, respetar horarios y puntos de disposición y sobre todo, entender que el municipio no es una entidad mágica que aparece cada noche para borrar las consecuencias de nuestros hábitos.
Una última constelación
Quizá la imagen que mejor resume estos quince días no sea una montaña de basura.
Sea una mesa. La misma mesa donde finalmente se sentaron Alcaldía, empresas, trabajadores, mediadores y otros actores para alcanzar un acuerdo después de quince días. La mesa llegó tarde pero llegó y tal vez eso nos permita pensar en algo más profundo.
En una constelación familiar, para que un sistema pueda ordenarse, cada miembro necesita ocupar su lugar y asumir aquello que le corresponde. No más pero tampoco menos.
La empresa debe asumir lo que le corresponde a la Alcaldía, lo suyo. Las autoridades sanitarias, su parte y los ciudadanos, la nuestra. No se trata de repartir culpas como si fueran bolsas de basura. Se trata de repartir responsabilidades.
Porque la culpa mira hacia atrás y la responsabilidad mira hacia adelante y La Paz necesita urgentemente dejar de preguntarse:
“¿Quién hizo esto?”
para empezar a preguntarse:
“¿Qué vamos a hacer para que no vuelva a ocurrir?”
Este miércoles comenzaron a salir nuevamente los camiones. Más de 700 trabajadores de La Paz Limpia retomaron labores en tres turnos y se anunció un plan de contingencia de al menos cuatro días para retirar lo acumulado entonces existirá una enorme tentación: olvidarlo.
La basura puede desaparecer de la calle pero si no revisamos el sistema que permitió que llegara hasta allí, solo habremos recogido los síntomas. No la enfermedad. Y si después de esto cada uno vuelve a su lugar, cumple lo que le corresponde y deja de esperar que el otro cargue con lo suyo, quizá La Paz haya aprendido algo.
Porque una ciudad no se limpia solamente con escobas.
También se limpia cuando cada quien deja de esconder debajo de la alfombra aquello que le corresponde recoger.

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