
Por: Magerlyn Quintanilla Argandoña – Periodista y Comunicadora

Hay videos que uno mira una vez. Hay videos que uno vuelve a mirar para confirmar que realmente vio lo que creyó haber visto.
Y después está el de Viacha.
Un vicepresidente increpando a un coronel. Una acusación de insubordinación. Un forcejeo. Y, como remate, una frase que ya tiene todo el potencial de convertirse en sticker nacional:
“Le guste o no, yo soy el Vicepresidente.”
Sí, señor Lara. Ya sabemos. Lo que todavía no queda del todo claro es si usted recuerda que ser Vicepresidente no significa estar por encima de la Constitución. Y ahí empieza el verdadero problema.
El cargo no es una licencia para atropellar
Edmand Lara tenía razones para exigir explicaciones por la desaparición de los conscriptos. Una autoridad pública que se queda callada frente a un hecho grave no está precisamente cumpliendo con su trabajo.
Podía preguntar, reclamar, exigir informes, pedir explicaciones, investigar e incluso indignarse, lo que no podía hacer era convertir su investidura en una especie de tarjeta VIP para saltarse las reglas. Porque la autoridad tiene límites, qué inconveniente.
La Constitución Política del Estado, esa vieja enemiga de los funcionarios que creen que el cargo viene con superpoderes, establece en su artículo 245 que las Fuerzas Armadas se organizan sobre la base de jerarquía y disciplina.
Y el artículo 246 determina su dependencia del Presidente del Estado y los canales mediante los cuales se imparten las órdenes administrativas y técnicas. No está escrito como sugerencia, no dice: “si el Vicepresidente está molesto, pueden hacerse excepciones”. Dice lo que dice.
Y las instituciones funcionan precisamente para que los asuntos públicos no dependan de quién grita más fuerte.
¿No obedecer al Vicepresidente es insubordinación?
No necesariamente.
Y aquí conviene detenerse porque parece que en Bolivia hemos desarrollado una curiosa teoría jurídica:
“Si no hiciste lo que yo quería, te insubordinaste.”
No.
Para hablar seriamente de insubordinación hay que determinar cuál era la orden, quién tenía competencia para impartirla, cuál era la relación jerárquica y si existía obligación legal de cumplirla. Porque un militar que exige que se respete el conducto regular no necesariamente está desafiando al Estado, puede estar haciendo exactamente lo contrario:
Respetándolo.
El uniforme no convierte al coronel en intocable, pero tampoco convierte al Vicepresidente en su superior operativo automático y esa diferencia parece bastante importante.
El problema apareció cuando la discusión salió de la institucionalidad
Aquí es donde la escena deja de ser simplemente un desacuerdo sobre competencias. Si el coronel cometió una falta, que responda, si insultó, amenazó, agredió o incumplió una orden legítima, que se investigue y sancione.
Pero si lo que ocurrió fue que un militar no accedió inmediatamente a lo que Lara exigía, entonces llamarlo “insubordinado” parece bastante más fácil que demostrarlo y después vino el forcejeo.
Ese pequeño detalle, porque podemos discutir durante horas sobre jerarquías, protocolos y atribuciones. Pero ninguna de esas palabras convierte automáticamente un contacto físico en una conducta legítima.
La banda presidencial no viene con cinturón negro.
Ser Vicepresidente tampoco otorga licencia para perder el control y aquí aparece la ironía más incómoda de toda la escena:
quien estaba denunciando un supuesto abuso de autoridad terminó protagonizando una situación que podía ser interpretada, precisamente, como un exceso de autoridad.
La política boliviana tiene un extraño talento para escribir sus propios chistes.
“Le guste o no, yo soy el Vicepresidente”
La frase dice mucho más de lo que parece. Una autoridad segura de sus competencias no necesita convertir su cargo en argumento. No debería decir:
“Soy el Vicepresidente, por eso me obedeces.”
Debería poder decir:
“Esta es mi competencia y esta es la norma que me faculta.”
La diferencia parece pequeña, no lo es. La primera frase exige reconocimiento personal, la segunda demuestra autoridad institucional. Una democracia debería preferir siempre la segunda.
Porque cuando un funcionario necesita recordarle a otro quién es, quizá el problema no sea que el otro no reconozca su autoridad, quizá el problema sea que la autoridad necesita gritar para sentirse autoridad.
El viejo vicio de confundir poder con miedo
Nuestra política arrastra una idea bastante primitiva del poder: el que manda es el que consigue que nadie le lleve la contraria. Entra el funcionario, todos se callan. Alguien pregunta “¿Usted sabe con quién está hablando?”,. Y listo problema resuelto. Excepto que eso no es fortaleza, es intimidación.
La autoridad democrática funciona justamente al revés: debe soportar que alguien le diga que no.
Y cuando eso ocurre, la respuesta no debería ser un empujón, una amenaza ni una demostración de jerarquía. Debería ser: “Muy bien. Veamos qué dice la ley.”, mucho menos espectacular, mucho más democrático.
Y aquí está el problema que nadie debería perder de vista
Es posible que Lara haya tenido una buena intención, es posible que estuviera indignado, es posible que quisiera defender a los conscriptos. Todo eso puede ser cierto y aun así puede haber actuado mal, porque una buena causa no convierte automáticamente cualquier conducta en correcta.
Ese argumento es especialmente peligroso cuando hablamos de políticos, hoy justificamos un exceso porque “defendía al pueblo”, mañana justificamos otro porque “combatía la corrupción”, después otro porque “tenía buenas intenciones” y así terminamos construyendo una democracia donde las reglas cambian dependiendo de quién nos cae bien.
La Constitución no fue diseñada para proteger solamente a nuestros políticos favoritos.
Fue diseñada para limitar a todos incluso a los que creemos que tienen razón.
Sí, señor Vicepresidente. Ya sabemos quién es usted
Lara es Vicepresidente, tiene autoridad, tiene responsabilidades y precisamente por eso debería saber algo elemental: el poder no se demuestra haciendo que los demás obedezcan. Se demuestra sabiendo hasta dónde puede llegar uno. Cualquiera puede gritar, cualquiera puede indignarse y cualquiera puede decir: “Yo soy el Vicepresidente.”
Lo difícil es decir: “Soy el Vicepresidente y, precisamente por eso, voy a respetar las reglas aunque hoy no me gusten.” Eso sí sería carácter, eso sí sería autoridad porque el verdadero poder no consiste en estar por encima de todos, consiste en saber que hay algo por encima de uno mismo.
Y ese algo, señor Lara, no es el coronel Alvarado.
Es la Constitución.

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