
Por Magerlyn Quintanilla Argandoña – Periodista y Comunicadora
Bolivia sufre de una patología mediática severa: la necrofilia política. No me refiero a una cuestión biológica, sino a esa obsesión malsana de los medios de comunicación por desenterrar micrófonos y ponerlos frente a rostros que el calendario —y la gestión pública— ya debería haber jubilado.

Es agotador encender la radio o abrir un portal de noticias en 2026 y encontrarse con el mismo menú de hace décadas. Por un lado, tenemos a Evo Morales, un exmandatario que parece haber convertido el rencor y la agitación en su único plan de carrera. Sus declaraciones ya no buscan proponer soluciones al complejo panorama económico o ambiental; buscan el titular incendiario, el choque de trenes y, sobre todo, la desinformación como herramienta de supervivencia. Al replicarlo sin filtro, la prensa no está informando, está siendo cómplice de un ruido que aturde el presente.
Por otro lado, enfrentamos el fenómeno del «ex» nostálgico, una patología que trasciende la política y se instala en el ADN de nuestras instituciones. Escuchar a figuras del pasado analizar la Bolivia de hoy es como intentar navegar con un mapa del siglo XIX; una desconexión total de la realidad de las startups o la inflación actual. Pero esta falta de relevo se réplica de forma idéntica en el deporte y otras áreas: seguimos clamando por el retorno de un Marcelo Martins a la Selección, aferrándonos a su jerarquía histórica ante la incapacidad de proyectar nuevos talentos. En todas las áreas, desde el Palacio hasta la cancha del Hernando Siles, preferimos la seguridad del recuerdo que el riesgo de la renovación. Son intervenciones y figuras que funcionan como piezas de museo y no son las únicas: respetables para el archivo, pero irrelevantes para resolver el marcador o el precio de la canasta básica esta tarde.
El muro de cristal para las nuevas voces.
El verdadero peligro no es solo el aburrimiento, sino la exclusión. Cada minuto de aire entregado a una figura que ya cumplió su ciclo es un minuto que se le arrebata a un académico joven, a un experto en nuevas tecnologías oa un líder social con los pies en el barro del siglo XXI.
Los medios bolivianos han construido un muro de cristal donde solo pasan los «viejos conocidos». Esto genera en la juventud una sensación de alienación: si la política es un club de ex-presidentes que pelean por glorias pasadas, ¿qué espacio queda para nosotros?
Este ecosistema de «voces eternas» ha generado un efecto devastador colateral: el vaciamiento intelectual de las nuevas generaciones. Al bloquear el acceso de los jóvenes profesionales a los espacios de opinión y decisión, se les envía un mensaje implícito de que su preparación académica y su lectura de la modernidad carecen de valor frente al «peso histórico». Esta falta de incentivos reales provoca que el talento joven deje de cultivarse como analista de peso; ¿Para qué profundizar en el rigor técnico o el estudio de campo si el micrófono siempre terminará en manos del caudillo de turno o del exfutbolista de hace dos décadas? La consecuencia es una fuga de cerebros mediática donde el pensamiento crítico se diluye en el entretenimiento banal o la apatía, dejando al país sin una reserva de pensadores capaces de enfrentar los desafíos de un mundo que ya no se parece en nada al que esos «personajes de siempre» pretenden seguir explicando.
Un país que no mira el espejo
Esta práctica nos mantiene en un estado de infantilismo democrático. Nos obliga a discutir sobre los errores de los 90 o las traiciones de los 2000, mientras el mundo avanza en inteligencia artificial, transición energética y nuevas formas de empleo. Estamos analizando un coche eléctrico con la lógica de un carruaje a vapor.
Es hora de que los directores de medios y editores comprendan que la vigencia no es una cuestión de ego, sino de utilidad. Un analista que no sabe cómo funciona la economía digital o un líder que solo sabe convocar al bloqueo son anacronismos.
Necesitamos jubilar, de una vez por todas, el culto a la personalidad caduca. Bolivia no puede ser un país que camina mirando siempre por el retrovisor mientras el parabrisas está cubierto de niebla. El pasado ya tuvo su oportunidad; Deja que el presente, por fin, tome la palabra.
La trampa del retrovisor: El costo de no soltar el pasado
Esta obsesión boliviana con el «eterno retorno» no es una anécdota, es nuestro principal último. Al aferrarnos a figuras que ya dieron lo que tenían que dar, estamos declarando una quiebra intelectual y generacional. Preferimos el rostro conocido de un exp
residente que ya no entiende el mercado digital, o la bota de un goleador histórico que ya cumplió su ciclo, porque nos aterra el vacío de lo nuevo.
El resultado es un país que intenta correr una maratón mirando siempre por el retrovisor. Mientras el mundo debate la inteligencia artificial y las nuevas economías, nosotros seguimos discutiendo las rencillas de hace veinte años o esperando que un milagro del pasado nos salve el partido en el último minuto.
Bolivia no entrará plenamente al siglo XXI mientras sus micrófonos, sus canchas y sus urnas sigan siendo propiedad privada de la nostalgia. El respeto a la trayectoria es una virtud, pero la dependencia de ella es una condena. Es hora de entender que el pasado, por más glorioso o ruidoso que haya sido, no tiene las llaves del futuro. Para que el país avance, primero tenemos que dejar de invocar a los fantasmas y empezar a escuchar a los que están vivos, presentes y despiertos.

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