
Magerlyn Quintanilla A. / Comunicadora Social y Periodista
ANÁLISIS DE OPINIÓN | Desde la vivencia de la vulneración propia, surge una verdad incómoda: el sistema que juró protegernos está dejando morir —en vida y en cuerpo— a los hombres de Bolivia.
LA PAZ, BOLIVIA – Escribo esto como mujer. Lo escribo habiendo sentido en carne propia el miedo en una calle oscura y la rabia de un techo de cristal. Conozco la urgencia de nuestros derechos porque son mi escudo cotidiano. Pero este 8 de marzo de 2026, la honestidad me obliga a mirar más allá de mi propio ombligo ideológico. Mientras nosotras marchamos exigiendo «lo poco» que falta, hay una realidad sangrante que la prensa calla por temor a la cancelación: en la Bolivia de hoy, el varón es el nuevo paria del sistema.
𝐋𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐝𝐢́𝐬𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐮𝐞𝐥𝐞: 𝐋𝐨𝐬 𝐝𝐚𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐂𝐞𝐧𝐬𝐨 𝟐𝟎𝟐𝟒
No es una percepción; es una sentencia estadística. Los resultados del Censo de Población y Vivienda 2024 son el espejo de un país que ha decidido que la vulnerabilidad masculina no merece espacio en la agenda.
El abandono como destino: Mientras celebramos —con razón— que las mujeres ahora somos mayoría en la educación superior (34,2% frente al 32,5% de los hombres), ignoramos el grito silencioso del 2,12% de varones que desertan cada año. El sistema los expulsa hacia el andamio, la mina o el contrabando, mientras nosotras nos consolidamos en la academia. ¿Quién está realmente en desventaja en la carrera del futuro?
La brecha de la tumba: La esperanza de vida nos dice que las mujeres viviremos, en promedio, 71,1 años, mientras que ellos se quedan en los 66,1. Cinco años de vida arrebatados por una salud pública que tiene programas para cada etapa de nuestra biología, pero que ignora el cáncer de próstata, la salud mental masculina y los infartos por estrés de quienes cargan con el peso de ser el «único proveedor» en una economía en crisis.
𝑻𝒐𝒄𝒂𝒓 𝒍𝒂 𝒉𝒆𝒓𝒊𝒅𝒂: ¿𝑰𝒈𝒖𝒂𝒍𝒅𝒂𝒅 𝒐 𝒓𝒆𝒗𝒂𝒏𝒄𝒉𝒂?
Como mujer que ha vivido la vulneración, sé lo que es la injusticia. Pero precisamente por eso, duele ver cómo la Ley 348, nacida para salvarnos, se ha convertido a menudo en una guillotina que ignora la presunción de inocencia. Hemos creado un ecosistema donde el hombre boliviano no tiene derecho a la debilidad. Si se deprime, no hay centros de apoyo; si es víctima de violencia, es objeto de burla en la FELCV; si pierde su empleo, el estigma social lo aniquila.
«Nos hemos acostumbrado a medir nuestro progreso en función de cuánto terreno le quitamos al varón, sin darnos cuenta de que estamos construyendo una sociedad de hombres rotos, resentidos y desprotegidos. Esa no es la igualdad por la que luchamos».
La «desechabilidad» masculina
La crónica de este 8 de marzo debe hablar de los hombres que mueren en los socavones de Potosí y en las construcciones de Santa Cruz. Esos rostros no aparecen en los afiches de derechos humanos. Su muerte laboral se acepta como un «costo natural», mientras que cualquier mínima brecha de género en una oficina es motivo de escándalo nacional.
𝐂𝐨𝐧𝐜𝐥𝐮𝐬𝐢𝐨́𝐧: 𝐔𝐧 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐝𝐨 𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐡𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚
Molestará leer esto. Molestará que una mujer diga que hoy, en muchos aspectos, ellos están peor. Pero la verdadera sororidad no debería ser ciega a la injusticia ajena. El 8M no puede seguir siendo un monólogo de victimización cuando las cifras del Censo 2024 nos muestran a una mujer que avanza y a un hombre que se hunde en el abandono escolar y la muerte prematura.
Si queremos una Bolivia justa, debemos dejar de ver la protección como un juego de suma cero. No se trata de darnos menos a nosotras, sino de dejar de tratar a los varones como ciudadanos de segunda clase en el reparto de la compasión estatal.

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